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TEMA: Una de caballos y perros

Una de caballos y perros 6 meses 2 horas antes #1

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Quiero aprovechar la oportunidad para mostrarles una vieja navajilla que ha caído en mis manos. Como les digo en el título, es una navaja con cachas metálicas de cobre con unos hermosos grabados de imágenes de 3 caballos en la cara principal y 3 perros en la otra. Largo cerrada 72 mm, dos hojas de acero al carbono, muelles y pines de acero al carbono. Lleva el cuño de A. W. Wadsworth & Son Germany, que como ya hemos visto en otro post anterior (Congreso de 1930) era una marca de Kastor Brothers para el mercado de Usa, fabricado en la planta de Germania Works en Ohligs-Solingen. Este marcaje se utilizó entre 1905 y 1936, por lo tanto la navajilla es bien veterana.
Van las fotos, espero les guste












Como no tengo una historia asociada con esta navaja, después les voy a copiar un cuento relacionado.
Un saludo
Última Edición: 6 meses 1 hora antes por Facón.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #2

  • Dai-Katana
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Encantadora navaja, Juan. Vaya cosas que encuentras !
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #3

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Muy maja con esas cachas de caballos y de perros, dos de los animales más amigos del humano.
Me hace gracia como estos germanos les gustaba poner la imagen de sus fábricas, cuanto más grandes mejor.
Gracias por mostrarla.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #4

  • Facón
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Dai-Katana escribió:
Encantadora navaja, Juan. Vaya cosas que encuentras !

Muy agradecido por tu participación y comentarios Manuel!!! "el que busca, encuentra" dicen... En este caso la pieza me atrajo a primera vista, como que las figuras que presenta - caballos y perros - siempre cautivan nuestra atención y además no resulta para nada agresiva, o sea podríamos decir que es una navaja de caballero.
Como había prometido, quiero copiarles aqui un cuento del escritor uruguayo Horacio Quiroga, nacido en la ciudad de Salto (la misma de Suarez y Cavani) el 31 de diciembre de 1878, pero que vivió buena parte de su accidentada vida en Misiones, República Argentina, donde escribió muchos de sus mejores cuentos, en la selva misionera. Como ustedes sabrán, los animales también hablan, y en este caso Quiroga los interpreta y nos hace llegar sus conversaciones, como en muchos de sus cuentos, en este caso, los protagonistas son los caballos.
Un gran abrazo

El alambre de púas

Horacio Quiroga
________________________________________
Durante quince días el alazán había buscado en vano la senda por donde su compañero se escapaba del potrero. El formidable cerco, de capuera -desmonte que ha rebrotado inextricable- no permitía paso ni aún a la cabeza del caballo. Evidentemente, no era por allí por donde el malacara pasaba.
Ahora recorría de nuevo la chacra, trotando inquieto con la cabeza alerta. De la profundidad del monte, el malacara respondía a los relinchos vibrantes de su compañero, con los suyos cortos y rápidos, en que había sin duda una fraternal promesa de abundante comida. Lo más irritante para el alazán era que el malacara reaparecía dos o tres veces en el día para beber. Prometíase aquel entonces no abandonar un instante a su compañero, y durante algunas horas, en efecto, la pareja pastaba en admirable conserva. Pero de pronto el malacara, con su soga a rastra, se internaba en el chircal, y cuando el alazán, al darse cuenta de su soledad, se lanzaba en su persecución, hallaba el monte inextricable. Esto sí, de adentro, muy cerca aún, el maligno malacara respondía a sus desesperados relinchos, con un relinchillo a boca llena.

Hasta que esa mañana el viejo alazán halló la brecha muy sencillamente: Cruzando por frente al chircal que desde el monte avanzaba cincuenta metros en el campo, vio un vago sendero que lo condujo en perfecta línea oblicua al monte. Allí estaba el malacara, deshojando árboles.
La cosa era muy simple: el malacara, cruzando un día el chircal, había hallado la brecha abierta en el monte por un incienso desarraigado. Repitió su avance a través del chircal, hasta llegar a conocer perfectamente la entrada del túnel. Entonces usó del viejo camino que con el alazán habían formado a lo largo de la línea del monte. Y aquí estaba la causa del trastorno del alazán: la entrada de la senda formaba una línea sumamente oblicua con el camino de los caballos, de modo que el alazán, acostumbrado a recorrer esta de sur a norte y jamás de norte a sur, no hubiera hallado jamás la brecha.

En un instante estuvo unido a su compañero, y juntos entonces, sin más preocupación que la de despuntar torpemente las palmeras jóvenes, los dos caballos decidieron alejarse del malhadado potrero que sabían ya de memoria.
El monte, sumamente raleado, permitía un fácil avance, aún a caballos. Del bosque no quedaba en verdad sino una franja de doscientos metros de ancho. Tras él, una capuera de dos años se empenachaba de tabaco salvaje. El viejo alazán, que en su juventud había correteado capueras hasta vivir perdido seis meses en ellas, dirigió la marcha, y en media hora los tabacos inmediatos quedaron desnudos de hojas hasta donde alcanza un pescuezo de caballo.
Caminando, comiendo, curioseando, el alazán y el malacara cruzaron la capuera hasta que un alambrado los detuvo.
-Un alambrado -dijo el alazán.
-Sí, alambrado -asintió el malacara.

Y ambos, pesando la cabeza sobre el hilo superior, contemplaron atentamente. Desde allí se veía un alto pastizal de viejo rozado, blanco por la helada; un bananal y una plantación nueva. Todo ello poco tentador, sin duda; pero los caballos entendían ver eso, y uno tras otro siguieron el alambrado a la derecha.
Dos minutos después pasaban: un árbol, seco en pie por el fuego, había caído sobre los hilos. Atravesaron la blancura del pasto helado en que sus pasos no sonaban, y bordeando el rojizo bananal, quemado por la escarcha, vieron entonces de cerca qué eran aquellas plantas nuevas.
-Es yerba -constató el malacara, haciendo temblar los labios a medio centímetro de las hojas coriáceas. La decepción pudo haber sido grande; mas los caballos, si bien golosos, aspiraban sobre todo a pasear. De modo que cortando oblicuamente el yerbal, prosiguieron su camino, hasta que un nuevo alambrado contuvo a la pareja. Costeáronlo con tranquilidad grave y paciente, llegando así a una tranquera, abierta para su dicha, y los paseantes se vieron de repente en pleno camino real.

Ahora bien, para los caballos, aquello que acababan de hacer tenía todo el aspecto de una proeza. Del potrero aburridor a la libertad presente, había infinita distancia. Mas por infinita que fuera, los caballos pretendían prolongarla aún, y así, después de observar con perezosa atención los alrededores, quitáronse mutuamente la caspa del pescuezo, y en mansa felicidad prosiguieron su aventura.

El día, en verdad, favorecía tal estado de alma. La bruma matinal de Misiones acababa de disiparse del todo, y bajo el cielo súbitamente puro, el paisaje brillaba de esplendorosa claridad. Desde la loma, cuya cumbre ocupaban en ese momento los dos caballos, el camino de tierra colorada cortaba el pasto delante de ellos con precisión admirable, descendía al valle blanco de espartillo helado, para tornar a subir hasta el monte lejano. El viento, muy frío, cristalizaba aún más la claridad de la mañana de oro, y los caballos, que sentían de frente el sol, casi horizontal todavía, entrecerraban los ojos al dichoso deslumbramiento.
Seguían así, solos y gloriosos de libertad en el camino encendido de luz, hasta que al doblar una punta de monte, vieron a orillas del camino cierta extensión de un verde inusitado. ¿Pasto? Sin duda. Mas en pleno invierno…
Y con las narices dilatadas de gula, los caballos se acercaron al alambrado. ¡Sí, pasto fino, pasto admirable! ¡Y entrarían, ellos, los caballos libres!

Hay que advertir que el alazán y el malacara poseían desde esa madrugada, alta idea de sí mismos. Ni tranquera, ni alambrado, ni monte, ni desmonte, nada era para ellos obstáculo. Habían visto cosas extraordinarias, salvando dificultades no creíbles, y se sentían gordos, orgullosos y facultados para tomar la decisión más estrafalaria que ocurrírseles pudiera.

En este estado de énfasis, vieron a cien metros de ellos varias vacas detenidas a orillas del camino, y encaminándose allá llegaron a la tranquera, cerrada con cinco robustos palos. Las vacas estaban inmóviles, mirando fijamente el verde paraíso inalcanzable.
-¿Por qué no entran? -preguntó el alazán a las vacas.
-Porque no se puede -le respondieron.
-Nosotros pasamos por todas partes -afirmó el alazán, altivo-. Desde hace un mes pasamos por todas partes.
Con el fulgor de su aventura, los caballos habían perdido sinceramente el sentido del tiempo. Las vacas no se dignaron siquiera mirar a los intrusos.
-Los caballos no pueden -dijo una vaquillona movediza-. Dicen eso y no pasan por ninguna parte. Nosotras sí pasamos por todas partes.
-Tienen soga -añadió una vieja madre sin volver la cabeza.
-¡Yo no, yo no tengo soga! -respondió vivamente el alazán-. Yo vivía en las capueras y pasaba.
-¡Sí, detrás de nosotras! Nosotras pasamos y ustedes no pueden.
La vaquillona movediza intervino de nuevo:
-El patrón dijo el otro día: a los caballos con un solo hilo se los contiene. ¿Y entonces?… ¿Ustedes no pasan?
-No, no pasamos -repuso sencillamente el malacara, convencido por la evidencia.
-¡Nosotras sí!
Al honrado malacara, sin embargo, se le ocurrió de pronto que las vacas, atrevidas y astutas, impenitentes invasoras de chacras y del Código Rural, tampoco pasaban la tranquera.
-Esta tranquera es mala -objetó la vieja madre-. ¡Él sí! Corre los palos con los cuernos.
-¿Quién? -preguntó el alazán.
Todas las vacas volvieron a él la cabeza con sorpresa.
-¡El toro, Barigüí! Él puede más que los alambrados malos.
-¿Alambrados?… ¿Pasa?
-¡Todo! Alambre de púa también. Nosotras pasamos después.
Los dos caballos, vueltos ya a su pacífica condición de animales a que un solo hilo contiene, se sintieron ingenuamente deslumbrados por aquel héroe capaz de afrontar el alambre de púa, la cosa más terrible que puede hallar el deseo de pasar adelante.

De pronto las vacas se removieron mansamente: a lento paso llegaba el toro. Y ante aquella chata y obstinada frente dirigida en tranquila recta a la tranquera, los caballos comprendieron humildemente su inferioridad.
Las vacas se apartaron, y Barigüí, pasando el testuz bajo una tranca, intentó hacerla correr a un lado.
Los caballos levantaron las orejas, admirados, pero la tranca no corrió. Una tras otra, el toro probó sin resultado su esfuerzo inteligente: el chacarero, dueño feliz de la plantación de avena, había asegurado la tarde anterior los palos con cuñas.
El toro no intentó más. Volviéndose con pereza, olfateó a lo lejos entrecerrando los ojos, y costeó luego el alambrado, con ahogados mugidos sibilantes.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #5

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Continúo, porque se me cortó;

Desde la tranquera, los caballos y las vacas miraban. En determinado lugar el toro pasó los cuernos bajo el alambre de púa, tendiéndolo violentamente hacia arriba con el testuz, y la enorme bestia pasó arqueando el lomo. En cuatro pasos más estuvo entre la avena, y las vacas se encaminaron entonces allá, intentando a su vez pasar. Pero a las vacas falta evidentemente la decisión masculina de permitir en la piel sangrientos rasguños, y apenas introducían el cuello, lo retiraban presto con mareante cabeceo.
Los caballos miraban siempre.
-No pasan -observó el malacara.
-El toro pasó -repuso el alazán-. Come mucho.
Y la pareja se dirigía a su vez a costear el alambrado por la fuerza de la costumbre, cuando un mugido, claro y berreante ahora, llegó hasta ellos: dentro del avenal, el toro, con cabriolas de falso ataque, bramaba ante el chacarero, que con un palo trataba de alcanzarlo.

-¡Añá!… Te voy a dar saltitos… -gritaba el hombre. Barigüí, siempre danzando y berreando ante el hombre, esquivaba los golpes. Maniobraron así cincuenta metros, hasta que el chacarero pudo forzar a la bestia contra el alambrado. Pero esta, con la decisión pesada y bruta de su fuerza, hundió la cabeza entre los hilos y pasó, bajo un agudo violineo de alambres y de grampas lanzadas a veinte metros.
Los caballos vieron cómo el hombre volvía precipitadamente a su rancho, y tornaba a salir con el rostro pálido. Vieron también que saltaba el alambrado y se encaminaba en dirección de ellos, por lo cual los compañeros, ante aquel paso que avanzaba decidido, retrocedieron por el camino en dirección a su chacra.
Como los caballos marchaban dócilmente a pocos pasos delante del hombre, pudieron llegar juntos a la chacra del dueño del toro, siéndoles dado oír la conversación.

Es evidente, por lo que de ello se desprende, que el hombre había sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por inaccesibles que hubieran sido dentro del monte; alambrados, por grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes destrozos de aquella. Pero como los pobladores de la región difícilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por duros que les sean, el toro proseguía comiendo en todas partes menos en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecía divertirse mucho con esto.
De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al polaco cazurro.
-¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro! Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!
El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con extraordinario y meloso falsete.
-¡Ah, toro, malo! ¡Mí no puede! ¡Mí ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa! ¡Toro sigue vaca!
-¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!
-¡No, no! ¡Vaca Ramírez! ¡Mí queda loco, toro!
-Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!
-¡Sí, sí, alambre! ¡Ah, mí no sabe!…
-¡Bueno!, vea don Zaninski: yo no quiero cuestiones con vecinos, pero tenga por última vez cuidado con su toro para que no entre por el alambrado del fondo; en el camino voy a poner alambre nuevo.
-¡Toro pasa por camino! ¡No fondo!
-Es que ahora no va a pasar por el camino.
-¡Pasa, toro! ¡No púa, no nada! ¡Pasa todo!
-No va a pasar.
-¿Qué pone?
-Alambre de púa… pero no va a pasar.
-¡No hace nada púa!
-Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a lastimar.
El chacarero se fue. Es como lo anterior, evidente, que el maligno polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado infranqueable por su toro. Seguramente se frotó las manos:
-¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena!
Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había cumplido su hazaña. La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde hacía un cuarto de hora, un punto fijo de la distancia. Detrás de él, las vacas dormitaban al sol ya caliente, rumiando.
Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los ojos despreciativas:
-Son los caballos. Querían pasar el alambrado. Y tienen soga.
-¡Barigüí sí pasó!
-A los caballos un solo hilo los contiene.
-Son flacos.
Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza:
-Nosotros no estamos flacos. Ustedes, sí están. No va a pasar más aquí -añadió señalando los alambres caídos, obra de Barigüí.
-Barigüí pasa siempre! Después pasamos nosotras. Ustedes no pasan.
-No va a pasar más. Lo dijo el hombre.
-Él comió la avena del hombre. Nosotras pasamos después.
El caballo, por mayor intimidad de trato, es sensiblemente más afecto al hombre que la vaca. De aquí que el malacara y el alazán tuvieran fe en el alambrado que iba a construir el hombre.
La pareja prosiguió su camino, y momentos después, ante el campo libre que se abría ante ellos, los dos caballos bajaron la cabeza a comer, olvidándose de las vacas.
Tarde ya, cuando el sol acababa de entrarse, los dos caballos se acordaron del maíz y emprendieron el regreso. Vieron en el camino al chacarero que cambiaba todos los postes de su alambrado, y a un hombre rubio, que detenido a su lado a caballo, lo miraba trabajar.
-Le digo que va a pasar -decía el pasajero.
-No pasará dos veces -replicaba el chacarero.
-¡Usted verá! ¡Esto es un juego para el maldito toro del polaco! ¡Va a pasar!
-No pasará dos veces -repetía obstinadamente el otro.
Los caballos siguieron, oyendo aún palabras cortadas:
-…reír!
-…veremos.
Dos minutos más tarde el hombre rubio pasaba a su lado a trote inglés. El malacara y el alazán, algo sorprendidos de aquel paso que no conocían, miraron perderse en el valle al hombre presuroso.
-¡Curioso! -observó el malacara después de largo rato-. El caballo va al trote y el hombre al galope.

Prosiguieron. Ocupaban en ese momento la cima de la loma, como esa mañana. Sobre el cielo pálido y frío, sus siluetas se destacaban en negro, en mansa y cabizbaja pareja, el malacara delante, el alazán detrás. La atmósfera, ofuscada durante el día por la excesiva luz del sol, adquiría a esa hora crepuscular una transparencia casi fúnebre. El viento había cesado por completo, y con la calma del atardecer, en que el termómetro comenzaba a caer velozmente, el valle helado expandía su penetrante humedad, que se condensaba en rastreante neblina en el fondo sombrío de las vertientes. Revivía, en la tierra ya enfriada, el invernal olor de pasto quemado; y cuando el camino costeaba el monte, el ambiente, que se sentía de golpe más frío y húmedo, se tornaba excesivamente pesado de perfume de azahar.

Los caballos entraron por el portón de su chacra, pues el muchacho, que hacía sonar el cajoncito de maíz, oyó su ansioso trémulo. El viejo alazán obtuvo el honor de que se le atribuyera la iniciativa de la aventura, viéndose gratificado con una soga, a efectos de lo que pudiera pasar.
Pero a la mañana siguiente, bastante tarde ya a causa de la densa neblina, los caballos repitieron su escapatoria, atravesando otra vez el tabacal salvaje, hollando con mudos pasos el pastizal helado, salvando la tranquera abierta aún.

La mañana encendida de sol, muy alto ya, reverberaba de luz, y el calor excesivo prometía para muy pronto cambio de tiempo. Después de trasponer la loma, los caballos vieron de pronto a las vacas detenidas en el camino, y el recuerdo de la tarde anterior excitó sus orejas y su paso: querían ver cómo era el nuevo alambrado.
Pero su decepción, al llegar, fue grande. En los postes nuevos -obscuros y torcidos- había dos simples alambres de púa, gruesos, tal vez, pero únicamente dos.

No obstante su mezquina audacia, la vida constante en chacras había dado a los caballos cierta experiencia en cercados. Observaron atentamente aquello, especialmente los postes.
-Son de madera de ley -observó el malacara.
-Sí, cernes quemados.
Y tras otra larga mirada de examen, constató:
-El hilo pasa por el medio, no hay grampas.
-Están muy cerca uno de otro.
Cerca, los postes, sí, indudablemente: tres metros. Pero en cambio, aquellos dos modestos alambres en reemplazo de los cinco hilos del cercado anterior, desilusionaron a los caballos. ¿Cómo era posible que el hombre creyera que aquel alambrado para terneros iba a contener al terrible toro?

-El hombre dijo que no iba a pasar -se atrevió, sin embargo, el malacara, que en razón de ser el favorito de su amo, comía más maíz, por lo cual sentíase más creyente.
Pero las vacas lo habían oído.
-Son los caballos. Los dos tienen soga. Ellos no pasan. Barigüí pasó ya.
-¿Pasó? ¿Por aquí? -preguntó descorazonado el malacara.
-Por el fondo. Por aquí pasa también. Comió la avena.
Entretanto, la vaquilla locuaz había pretendido pasar los cuernos entre los hilos; y una vibración aguda, seguida de un seco golpe en los cuernos dejó en suspenso a los caballos.
-Los alambres están muy estirados -dijo después de largo examen el alazán.
-Sí. Más estirados no se puede…
Y ambos, sin apartar los ojos de los hilos, pensaban confusamente en cómo se podría pasar entre los dos hilos.
Las vacas, mientras tanto, se animaban unas a otras.
-Él pasó ayer. Pasa el alambre de púa. Nosotras después.
-Ayer no pasaron. Las vacas dicen sí, y no pasan -oyeron al alazán.
-¡Aquí hay púa, y Barigüí pasa! ¡Allí viene!

Costeando por adentro el monte del fondo, a doscientos metros aún, el toro avanzaba hacia el avenal. Las vacas se colocaron todas de frente al cercado, siguiendo atentas con los ojos a la bestia invasora. Los caballos, inmóviles, alzaron las orejas.
-¡Come toda avena! ¡Después pasa!
-Los hilos están muy estirados… -observó aún el malacara, tratando siempre de precisar lo que sucedería si…
-¡Comió la avena! ¡El hombre viene! ¡Viene el hombre! -lanzó la vaquilla locuaz.
En efecto, el hombre acababa de salir del rancho y avanzaba hacia el toro. Traía el palo en la mano, pero no parecía iracundo; estaba sí muy serio y con el ceño contraído.

El animal esperó a que el hombre llegara frente a él, y entonces dio principio a los mugidos con bravatas de cornadas. El hombre avanzó más, y el toro comenzó a retroceder, berreando siempre y arrasando la avena con sus bestiales cabriolas. Hasta que, a diez metros ya del camino, volvió grupas con un postrer mugido de desafío burlón, y se lanzó sobre el alambrado.

-¡Viene Barigüí! ¡Él pasa todo! ¡Pasa alambre de púa! -alcanzaron a clamar las vacas.
Con el impulso de su pesado trote, el enorme toro bajó la cabeza y hundió los cuernos entre los dos hilos. Se oyó un agudo gemido de alambre, un estridente chirrido que se propagó de poste a poste hasta el fondo, y el toro pasó.
Pero de su lomo y de su vientre, profundamente abiertos, canalizados desde el pecho a la grupa, llovían ríos de sangre. La bestia, presa de estupor, quedó un instante atónita y temblando. Se alejó luego al paso, inundando el pasto de sangre, hasta que a los veinte metros se echó, con un ronco suspiro.

A mediodía el polaco fue a buscar a su toro, y lloró en falsete ante el chacarero impasible. El animal se había levantado, y podía caminar. Pero su dueño, comprendiendo que le costaría mucho trabajo curarlo -si esto aún era posible- lo carneó esa tarde, y al día siguiente al malacara le tocó en suerte llevar a su casa, en la maleta, dos kilos de carne del toro muerto.
FIN
Había olvidado comentarles que Quiroga es un poco trágico, tal como fue su vida, igualmente espero que hayan disfrutado del cuento.
Un abrazo

Quiroga en su juventud, frente a su casa natal

Frente a la plantación de su bananal en Misiones

El "bungalow" que construyó el mismo en Misiones
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #6

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Onarres2 escribió:
Muy maja con esas cachas de caballos y de perros, dos de los animales más amigos del humano.
Me hace gracia como estos germanos les gustaba poner la imagen de sus fábricas, cuanto más grandes mejor.
Gracias por mostrarla.

Asi es Rafa, prácticamente todos los fabricantes alemanes tenían la costumbre de mostrar imágenes de sus plantas de una gran extensión que no tengo la seguridad de que fueran verdaderamente así. Como siempre te estoy muy agradecido por tu participación y comentarios.
Un abrazo
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #7

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Muy agradecido por el cuento
Un abrazo Luis.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #8

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Preciosa navaja Juan,aunque se la ve muy usada, conserva su encanto,el cuento triste como las horas de un asilo.
Saludos.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #9

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Preciosa la navaja Juan. Por cierto, ¿te lo he dicho...? Me encantan tus hilos, en los que la navaja es el germen de un relato tan brillante como apasionantemente entretenido,

Gracias camarada.
"No me saques sin razón, ni me envaines sin honor"
CAFE
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #10

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Carre escribió:
Muy agradecido por el cuento
Un abrazo Luis.
Gracias Luis por hacerte un tiempo para pasar y comentar como siempre. Celebro que te haya gustado.
Un abrazo
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #11

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2Gknives escribió:
Preciosa navaja Juan,aunque se la ve muy usada, conserva su encanto,el cuento triste como las horas de un asilo.
Saludos.
Te estoy muy agradecido Rodrigo por tu participación y comentarios. El encanto de estos filos añosos con ese estilo art decó es considerable y siempre me susurran cosas. Me resultaste flojito con el cuento, jejj - lo había elegido como uno de los mas suaves de Quiroga - ni te digo lo que sería con "La gallina degollada" o "El almohadón de plumas".
Un gran abrazo!
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #12

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Rommel escribió:
Preciosa la navaja Juan. Por cierto, ¿te lo he dicho...? Me encantan tus hilos, en los que la navaja es el germen de un relato tan brillante como apasionantemente entretenido,

Gracias camarada.
Una vez más debo agradecer tu participación y tus apreciados comentarios Paco!!. Como siempre digo, los filos nos cuentan la historia, que en este caso fue publicada en 1917, o sea dentro del periodo en el que pudo haber sido fabricada la navaja, como vimos mas arriba.
Un gran abrazo.
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Una de caballos y perros 5 meses 4 semanas antes #13

  • JOHNYTHEKNIFE
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Gracias por mostrar y compartir navaja y cuento!!!!
HAVE A SHARP DAY
JOHNY


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Una de caballos y perros 5 meses 3 semanas antes #14

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JOHNYTHEKNIFE escribió:
Gracias por mostrar y compartir navaja y cuento!!!!

Gracias a tí Johny por pasar y comentar como siempre!!
Un abrazo
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Una de caballos y perros 5 meses 3 semanas antes #15

  • 7Igni
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Una navaja realmente bonita, Juan. Las cachas de cobre cogen con los años una pátina muy elegante que sin duda ennoblece a la pieza, y ese motivo de cabezas de caballos y perros tiene un notable nivel artístico.

¡Mucho hemos retrocedido en artes decorativas y materiales!

Un fuerte abrazo.
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Una de caballos y perros 5 meses 3 semanas antes #16

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7Igni escribió:
Una navaja realmente bonita, Juan. Las cachas de cobre cogen con los años una pátina muy elegante que sin duda ennoblece a la pieza, y ese motivo de cabezas de caballos y perros tiene un notable nivel artístico.

¡Mucho hemos retrocedido en artes decorativas y materiales!

Un fuerte abrazo.

Agradezco tu presencia y la gentileza de tus comentarios Nacho!! celebro que te haya gustado la pieza. Como una forma de retribución a vuestras atenciones, aqui va algo de la música popular folclórica uruguaya que tiene que ver con estos animales tan relacionados con el hombre, los perros y los caballos:
El "corbata" y el "matrero" son los nombres de dos perros de trabajo, a los cuales su dueño dedicó esta canción


Y para no ser menos, una dedicada al otro compañero de tareas que tiene el hombre de campo - el caballo.- en este caso "el gatiao viejo"


Un gran abrazo

Bonus track - "Milagro"
Última Edición: 5 meses 3 semanas antes por Facón.
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Una de caballos y perros 5 meses 3 semanas antes #17

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Facón escribió:
2Gknives escribió:
Me resultaste flojito con el cuento, jejj - lo había elegido como uno de los mas suaves de Quiroga - ni te digo lo que sería con "La gallina degollada" o "El almohadón de plumas".
Un gran abrazo!
"La gallina degollada" junto con "El solitario" y "A la deriva" siempre me parecieron los cuentos mas tétricos de Quiroga, será que los leí en mi infancia y a esa edad las cosas se magnifican de otra manera.
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Una de caballos y perros 5 meses 3 semanas antes #18

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Charlycuervo escribió:
Facón escribió:
2Gknives escribió:
Me resultaste flojito con el cuento, jejj - lo había elegido como uno de los mas suaves de Quiroga - ni te digo lo que sería con "La gallina degollada" o "El almohadón de plumas".
Un gran abrazo!
"La gallina degollada" junto con "El solitario" y "A la deriva" siempre me parecieron los cuentos mas tétricos de Quiroga, será que los leí en mi infancia y a esa edad las cosas se magnifican de otra manera.
Muy agradecido por tu presencia y comentarios Charly!! A mi me pasaba lo mismo, los cuentos de Quiroga formaban parte de la literatura escolar - particularmente los "Cuentos de la selva" donde hablaban los animales de la selva y que habían sido escritos para niños - aun así presentan ciertas tragedias, que fueron parte de la vida de Quiroga, recordemos que cuando apenas tenía algunos meses su padre muere de un disparo de escopeta que se le escapó cuando bajaba de una lancha retornando de una partida de caza, justamente frente a su esposa con el niño en brazos. Años después su madre se vuelve a casar y su nuevo esposo - padrastro de Quiroga - sufre un accidente vascular quedando cuasi inválido, por lo que suicida disparándose un tiro justo cuando un joven Horacio Quiroga entraba en la habitación. Años después mata accidentalmente a su mejor amigo Federico Ferrando cuando manipulaban un arma con la que este último debería batirse a duelo con un periodista. Esto solo como una muestra de como la tragedia se metió en su vida y también en sus cuentos. Fuera de eso es un excelente cuentista, relata escenas de la vida diaria, de personajes, etc. de una manera excelente. Aprovecho y te copio aquí otro cuento de Quiroga que no se si has leído: Tacuara-Mansión

Frente al rancho de don Juan Brown, en Misiones, se levanta un árbol de gran diámetro y ramas retorcidas, que presta a aquél frondosísimo amparo. Bajo este árbol murió, mientras esperaba el día para irse a su casa, Santiago Rivet, en circunstancias bastante singulares para que merezcan ser contadas.

Misiones, colocada a la vera de un bosque que comienza allí y termina en el Amazonas, guarece a una serie de tipos a quienes podría lógicamente imputarse cualquier cosa menos el ser aburridos. La vida más desprovista de interés al norte de Posadas, encierra dos o tres pequeñas epopeyas de trabajo o de carácter, si no de sangre. Pues bien se comprende que no son tímidos gatitos de civilización los tipos que del primer chapuzón o en el reflujo final de sus vidas han ido a encallar allá.
Sin alcanzar los contornos pintorescos de un João Pedro, por ser otros los tiempos y otro el carácter del personaje, don Juan Brown merece mención especial entre los tipos de aquel ambiente.
Brown era argentino y totalmente criollo, a despecho de una gran reserva británica. Había cursado en La Plata dos o tres brillantes años de ingeniería. Un día, sin que sepamos por qué, cortó sus estudios y derivó hasta Misiones. Creo haberle oído decir que llegó a Iviraromí por un par de horas, asunto de ver las ruinas. Mandó más tarde buscar sus valijas a Posadas para quedarse dos días más, y allí lo encontré yo quince años después, sin que en todo ese tiempo hubiera abandonado una sola hora el lugar. No le interesaba mayormente el país; se quedaba allí, simplemente por no valer sin duda la pena hacer otra cosa.
Era un hombre joven todavía, grueso y más que grueso muy alto, pues pesaba cien kilos. Cuando galopaba —por excepción— era fama que se veía al caballo doblarse por el espinazo, y a don Juan sostenerlo con los pies en tierra.
En relación con su grave empaque, don Juan era poco amigo de palabras. Su rostro ancho y rapado bajo un largo pelo hacia atrás, recordaba bastante al de un tribuno del noventa y tres. Respiraba con cierta dificultad, a causa de su corpulencia. Cenaba siempre a las cuatro de la tarde, y al anochecer llegaba infaliblemente al bar, fuere el tiempo que hubiere, al paso de su heroico caballito, para retirarse también infaliblemente el último de todos. Se le llamaba «don Juan» a secas, e inspiraba tanto respeto su volumen como su carácter. He aquí dos muestras de ese raro carácter.
Cierta noche, jugando al truco con el juez de Paz de entonces, el juez se vio en mal trance e intentó una trampa. Don Juan miró a su adversario sin decir palabra, y prosiguió jugando. Alentado el mestizo, y como la suerte continuara favoreciendo a don Juan, tentó una nueva trampa. Juan Brown echó una ojeada a las cartas, dijo tranquilo al juez:
—Hiciste trampa de nuevo; da las cartas otra vez.
Disculpas efusivas del mestizo, y nueva reincidencia. Con igual calma, don Juan le advirtió:
—Has vuelto a hacer trampa; da las cartas de nuevo.
Cierta noche, durante una partida de ajedrez, se le cayó a don Juan el revólver, y el tiro partió. Brown recogió su revólver sin decir una palabra y prosiguió jugando, ante los bulliciosos comentarios de los contertulios, cada uno de los cuales, por lo menos, creía haber recibido la bala. Sólo al final se supo que quien la había recibido en una pierna, era el mismo don Juan.
Brown vivía solo en Tacuara-Mansión (así llamada porque estaba en verdad construida de caña tacuara, y por otro malicioso motivo). Servíale de cocinero un húngaro de mirada muy dura y abierta, y que parecía echar las palabras en explosiones a través de los dientes. Veneraba a don Juan, el cual, por su parte, apenas le dirigía la palabra.
Final de este carácter: muchos años después, cuando en Iviraromí hubo un piano, se supo recién entonces que don Juan era un eximio ejecutante.

Lo más particular de don Juan Brown, sin embargo, eran las relaciones que cultivaba con monsieur Rivet, llamado oficialmente Santiago-Guido-Luciano-María Rivet.
Era éste un perfecto ex hombre, arrojado hasta Iviraromí por la última oleada de su vida. Llegado al país veinte años atrás, y con muy brillante actuación luego en la dirección técnica de una destilería de Tucumán, redujo poco a poco el límite de sus actividades intelectuales, hasta encallar por fin en Iviraromí, en carácter de despojo humano.
Nada sabemos de su llegada allá. Un crepúsculo, sentados a las puertas del bar, lo vimos desembocar del monte de las ruinas en compañía de Luisser, un mecánico manco, tan pobre como alegre, y que decía siempre no faltarle nada a pesar de que le faltaba un brazo.
En esos momentos el optimista sujeto se ocupaba de la destilación de hojas de naranjo, en el alambique más original que darse pueda. Ya volveremos sobre esta fase suya. Pero en aquellos instantes de fiebre destilatoria la llegada de un químico industrial de la talla de Rivet fue un latigazo de excitación para las fantasías del pobre manco. Él nos informó de la personalidad de monsieur Rivet, presentándolo un sábado de noche en el bar, que desde entonces honró con su presencia.
Monsieur Rivet era un hombrecillo diminuto, muy flaco, y que los domingos se peinaba el cabello en dos grasientas ondas a ambos lados de la frente. Entre sus barbas siempre sin afeitar pero nunca largas, tendíanse constantemente adelante sus labios en un profundo desprecio por todos, y en particular por los doctores de Iviraromí. El más discreto ensayo de sapecadoras y secadoras de yerba mate que se comentaba en el bar, apenas arrancaba al químico otra cosa que salivazos de desprecio, y frases entrecortadas:
—¡Tzsh…! Doctorcitos… No saben nada… ¡Tzsh…! Porquería…
Desde todos o casi todos los puntos de vista, nuestro hombre era el polo opuesto del impasible Juan Brown. Y nada decimos de la corpulencia de ambos, por cuanto nunca llegó a verse en boliche alguno del Alto Paraná, ser de hombros más angostos y flacura más raquítica que la de mosiú Rivet. Aunque esto sólo llegamos a apreciarlo en forma la noche del domingo en que el químico hizo su entrada en el bar vestido con un flamante trajecito negro de adolescente, aun angosto de espalda y piernas para él mismo. Pero Rivet parecía orgulloso de él, y sólo se lo ponía los sábados y domingos de noche.

El bar de que hemos hecho referencia era un pequeño hotel para refrigerio de los turistas que llegaban en invierno hasta Iviraromí a visitar las famosas ruinas jesuíticas, y que después de almorzar proseguían viaje hasta el Iguazú, o regresaban a Posadas. En el resto de las horas, el bar nos pertenecía. Servía de infalible punto de reunión a los pobladores con alguna cultura de Iviraromí: diecisiete en total. Y era una de las mayores curiosidades en aquella amalgama de fronterizos del bosque, el que los diecisiete jugaran al ajedrez, y bien. De modo que la tertulia desarrollábase a veces en silencio entre espaldas dobladas sobre cinco o seis tableros, entre sujetos la mitad de los cuales no podían concluir de firmar sin secarse dos o tres veces la mano.
A las doce de la noche el bar quedaba desierto, salvo las ocasiones en que don Juan había pasado toda la mañana y toda la tarde de espaldas al mostrador de todos los boliches de Iviraromí. Don Juan era entonces inconmovible. Malas noches éstas para el barman, pues Brown poseía la más sólida cabeza del país. Recostado al despacho de bebidas, veía pasar las horas una tras otra, sin moverse ni oír al barman, que para advertir a don Juan salía cada instante afuera a pronosticar lluvia.
Como monsieur Rivet demostraba a su vez una gran resistencia, pronto llegaron el ex ingeniero y el ex químico a encontrarse en frecuentes vis-à-vis. No vaya a creerse, sin embargo, que esta común finalidad y fin de vida hubiera creado el menor asomo de amistad entre ellos. Don Juan, en pos de unBuenas noches, más indicado que dicho, no volvía a acordarse para nada de su compañero. M. Rivet, por su parte, no disminuía en honor de Juan Brown el desprecio que le inspiraban los doctores de Iviraromí, entre los cuales contaba naturalmente a don Juan. Pasaban la noche juntos y solos, y a veces proseguían la mañana entera en el primer boliche abierto; pero sin mirarse siquiera.
Estos originales encuentros se tornaron más frecuentes al mediar el invierno, en que el socio de Rivet emprendió la fabricación de alcohol de naranja, bajo la dirección del químico. Concluida esta empresa con la catástrofe de que damos cuenta en otro relato, Rivet concurrió todas las noches al bar, con su esbeltito traje negro. Y como don Juan pasaba en esos momentos por una de sus malas crisis, tuvieron ambos ocasión de celebrar vis-à-vis fantásticos, hasta llegar al último, que fue el decisivo.

Por las razones antedichas y el manifiesto lucro que el dueño del bar obtenía con ellas, éste pasaba las noches en blanco, sin otra ocupación que atender los vasos de los dos socios, y cargar de nuevo la lámpara de alcohol. Frío, habrá que suponerlo en esas crudas noches de junio. Por ello el bolichero se rindió una noche, y después de confiar a la honorabilidad de Brown el resto de la damajuana de caña, se fue a acostar. De más está decir que Brown era únicamente quien respondía de estos gastos a dúo.
Don Juan, pues, y monsieur Rivet quedaron solos a las dos de la mañana, el primero en su lugar habitual, duro e impasible como siempre, y el químico paseando agitado con la frente en sudor, mientras afuera caía una cortante helada.
Durante dos horas no hubo novedad alguna; pero al dar las tres, la damajuana se vació. Ambos lo advirtieron, y por un largo rato los ojos globosos y muertos de don Juan se fijaron en el vacío delante de él. Al fin, volviéndose a medias, echó una ojeada a la damajuana agotada, y recuperó tras ella su pose. Otro largo rato transcurrió y de nuevo volviose a observar el recipiente. Cogiéndolo por fin, lo mantuvo boca abajo sobre el cinc; nada: ni una gota.
Una crisis de dipsomanía puede ser derivada con lo que se quiera, menos con la brusca supresión de la droga. De vez en cuando, y a las puertas mismas del bar, rompía el canto estridente de un gallo, que hacía resoplar a Juan Brown, y perder el compás de su marcha a Rivet. Al final, el gallo desató la lengua del químico en improperios pastosos contra los doctorcitos. Don Juan no prestaba a su cháchara convulsiva la menor atención; pero ante el constante: «Porquería… no saben nada…» del ex químico, Juan Brown volvió a él sus pesados ojos, y le dijo:
—¿Y vos qué sabés?
Rivet, al trote y salivando se lanzó entonces en insultos del mismo jaez contra don Juan, quien lo siguió obstinadamente con los ojos. Al fin resopló, apartando de nuevo la vista:
—Francés del diablo…
La situación, sin embargo, se volvió intolerable. La mirada de don Juan, fija desde hacía rato en la lámpara, cayó por fin de costado sobre su socio:
—Vos que sabés de todo, industrial… ¿Se puede tomar el alcohol carburado?
¡Alcohol! La sola palabra sofocó, como un soplo de fuego, la irritación de Rivet. Tartamudeó, contemplando la lámpara:
—¿Carburado…? ¡Tzsh…! Porquería… Bencinas… Piridinas… ¡Tzsh…! Se puede tomar.
No bastó más. Los socios encendieron una vela, vertieron en la damajuana el alcohol con el mismo pestilente embudo, y ambos volvieron a la vida.
El alcohol carburado no es una bebida para seres humanos. Cuando hubieron vaciado la damajuana hasta la última gota, don Juan perdió por primera vez en la vida su impasible línea, y cayó, se desplomó como un elefante en la silla. Rivet sudaba hasta las mechas del cabello, y no podía arrancarse de la baranda del billar.
—Vamos —le dijo don Juan, arrastrando consigo a Rivet, que resistía.
Brown logró cinchar su caballo, pudo izar al químico a la grupa, y a las tres de la mañana partieron del bar al paso del flete de Brown, que siendo capaz de trotar con cien kilos encima, bien podía caminar cargado con ciento cuarenta.
La noche, muy fría y clara, debía estar ya velada de neblina en la cuenca de las vertientes. En efecto, apenas a la vista del valle del Yabebirí, pudieron ver la bruma, acostada desde temprano a lo largo del río, ascender desflecada en jirones por la falda de la serranía. Más en lo hondo aún, el bosque tibio debía estar ya blanco de vapores.
Fue lo que aconteció. Los viajeros tropezaron de pronto con el monte, cuando debían estar ya en Tacuara-Mansión. El caballo, fatigado se resistía a abandonar el lugar. Don Juan volvió grupa, y un rato después tenían de nuevo el bosque por delante.
«Perdidos…» —pensó don Juan, castañeteando a pesar suyo, pues aun cuando la cerrazón impedía la helada, el frío no mordía menos.
Tomó otro rumbo, confiando esta vez en el caballo. Bajo su saco de astracán, Brown se sentía empapado en sudor de hielo. El químico, más lesionado, bailoteaba en ancas de un lado para otro, inconsciente del todo.
El monte los detuvo de nuevo. Don Juan consideró entonces que había hecho cuanto era posible para llegar a su casa. Allí mismo ató su caballo en el primer árbol, y tendiendo a Rivet al lado suyo se acostó al pie de aquél. El químico, muy encogido, había doblado las rodillas hasta el pecho, y temblaba sin tregua. No ocupaba más espacio que una criatura, y eso, flaca. Don Juan lo contempló un momento, y encogiéndose ligeramente de hombros, apartó de sí el mandil que se había echado encima, y cubrió con él a Rivet, hecho lo cual, se tendió de espaldas sobre el pasto de hielo.
Cuando volvió en sí, el sol estaba ya muy alto. Y a diez metros de ellos, su propia casa.
Lo que había pasado era muy sencillo: ni un solo momento se habían extraviado la noche anterior. El caballo habíase detenido la primera vez —y todas— ante el gran árbol de Tacuara-Mansión, que el alcohol de lámparas y la niebla habían impedido ver a su dueño. Las marchas y contramarchas, al parecer interminables, habíanse concretado a sencillos rodeos alrededor del árbol familiar.
De cualquier modo, acababan de ser descubiertos por el húngaro de don Juan. Entre ambos transportaron al rancho a monsieur Rivet, en la misma postura de niño con frío en que había muerto. Juan Brown, por su parte, y a pesar de los porrones calientes, no pudo dormirse en largo tiempo, calculando obstinadamente, ante su tabique de cedro, el número de tablas que necesitaría el cajón de su socio.
Y a la mañana siguiente las vecinas del pedregoso camino del Yabebirí oyeron desde lejos y vieron pasar el saltarín carrito de ruedas macizas, y seguido aprisa por el manco, que se llevaba los restos del difunto químico.

Maltrecho a pesar de su enorme resistencia, don Juan no abandonó en diez días Tacuara-Mansión. No faltó sin embargo quien fuera a informarse de lo que había pasado, so pretexto de consolar a don Juan y de cantar aleluyas al ilustre químico fallecido.
Don Juan le dejó hablar sin interrumpirlo. Al fin, ante nuevas loas al intelectual desterrado en país salvaje que acababa de morir, don Juan se encogió de hombros:
—Gringo de porquería… —murmuró apartando la vista.
Y ésta fue toda la oración fúnebre de monsieur Rivet.

Después me comentarás que te pareció.
Un abrazo
Última Edición: 5 meses 3 semanas antes por Facón.
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Una de caballos y perros 5 meses 2 semanas antes #19

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Muy bueno Juan, como casi toda la literatura de Quiroga.
Me recuerda mi lejana infancia, allá en Canelones, leyendo alguno de sus libros a la luz de un candil.
Gracias por el recuerdo.
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Una de caballos y perros 5 meses 2 semanas antes #20

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Charlycuervo escribió:
Muy bueno Juan, como casi toda la literatura de Quiroga.
Me recuerda mi lejana infancia, allá en Canelones, leyendo alguno de sus libros a la luz de un candil.
Gracias por el recuerdo.

Celebro que te haya gustado Charly!!
Un gran abrazo.
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